CONFIRMACIÓN PARA ADULTOS


En nuestra parroquia se prepara también un numeroso grupo de personas que asisten a las catequesis como preparación para recibir el Sacramento de la Confirmación. Estas personas se dividen en dos grupos, según edades. El primer grupo (que se hace llamar “Discípulos de Emaús”) lo forman jóvenes de 13 a 22 años, y se reúnen los sábados. El segundo grupo, más numeroso, lo forman adultos a partir de los 22 años de edad. Éstos asisten a las catequesis todos los miércoles con el párroco D.Enrique Barrera.

Ambos grupos trabajan con el “Youcat”, que es el Catecismo de la Iglesia Católica adaptado para que sea más asequible y comprensible a los jóvenes, con un sistema de preguntas y respuestas, que publicara el Papa Bendicto XVI en 2011.


Actualmente son más de cien los adultos que se están preparando en estos dos grupos. Ya en el curso anterior se confirmaron otras personas que se prepararon en los grupos de Catequesis para Adultos. 


PERO… ¿QUÉ ES EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN?

Haciendo una analogía con la vida natural, que tiene un origen, crecimiento y sustento, la Iglesia llama Sacramentos de Iniciación al Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Nacemos a la Vida divina por el primero, la fortalecemos con la Confirmación y alimentamos la Vida Divina con la Eucaristía, alimento de Vida eterna. 

El Concilio Vaticano II en su documento "Lumen Gentium" (La Luz de las Naciones) dice bellamente: "Por el Sacramento de la Confirmación (los fieles) se vinculan con más perfección a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con sus palabras y sus obras como verdaderos testigos de Cristo". (LG 11)

Este Sacramento ha sido llamado de diferentes maneras: San Agustín lo llamaba "imposición de las manos", San Cirilo de Jerusalén "el Crisma místico", etc. El nombre que lleva actualmente fue empleado por primera vez en el siglo V por San León Magno. 

El Bautismo, que hace nacer nuestra alma a la Vida Divina y que nos hace miembros de la Iglesia de Cristo, es tan solo el principio, como el niño que es dado a la luz posee la vida humana y es miembro de su familia, pero debe llegar a su plenitud en la madurez. En el terreno espiritual, la Gracia Santificante se desarrollará con la recepción de los demás Sacramentos y la Confirmación produce en nosotros el crecimiento necesario para llegar a la madurez cristiana: el Espíritu Santo nos comunica sus siete Dones y nos hace adultos en la fe, capaces de dar testimonio de ella y de luchar como soldados por el Reino de Dios en la tierra. Ciertamente ya desde el Bautismo Dios habita en nosotros con sus Tres Divinas Personas, pero en la Confirmación se nos da el Espíritu Santo con más abundancia: es como un Pentecostés para los discípulos de Cristo. 

San Juan Evangelista nos dice "muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran una por una, me parece que no cabrían en el mundo los libros que se habrían de escribir" (Jn.21,25). No debe entonces extrañarnos el no saber exactamente cuándo y cómo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Confirmación, pero consta en muchos pasajes del Nuevo Testamento que los Apóstoles, imponiendo las manos a los Bautizados, los confirmaban en la fe: "Pedro y Juan imponían las manos a los samaritanos" que habían sido ya bautizados por el Diácono Felipe y éstos recibían al Espíritu Santo (Hech.8,12-17). De igual modo San Pablo habiendo llegado a Éfeso, bautizó en el nombre de Cristo a discípulos de San Juan Bautista y a continuación les impuso las manos para hacer descender sobre ellos el Espíritu Santo. "Y como Pablo les impusiera las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, hablaron lenguas y profetizaron" (Hech. 19,6). Un rito tan importante, de tanta trascendencia en la vida de los cristianos, no pudo ser inventado o improvisado por los Apóstoles: con toda certeza podemos inferir que no hicieron sino practicar lo que Jesús hacía y les indicó seguir haciendo. 

Claramente vemos en los pasajes citados cómo la imposición de las manos es aquel signo sensible necesario en todo Sacramento y que ahora, unido a la unción con el Santo Crisma, confiere al bautizado la plenitud del Espíritu Santo.

La Confirmación imprime en el alma ese carácter indeleble (por eso este Sacramento no se repite) de testigo de Cristo y da la fuerza necesaria para confesar la fe sin temor ante los respetos humanos y defenderla, si es necesario, con la ofrenda de la vida. Nos hace cristianos perfectos.

Este Sacramento nos confirma en la fe y perfecciona todas las virtudes y dones recibidos en el Bautismo. Precisamente por esto recibe el nombre de "Confirmación".  Es la Confirmación el Sacramento que da cumplimiento a aquellas palabras de Cristo: "Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes. Pero si me voy, yo lo enviaré" (Jn.16,7). En efecto, así como en Pentecostés descendió el Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico reunido en oración con la Santísima Virgen María, en lo sucesivo, los cristianos recibieron al Espíritu Santo por medio de los Apóstoles y luego de los Obispos con la imposición de las manos y la santa unción

Según el Derecho Canónico (can. 889), todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir la Confirmación. Sin este Sacramento y la Eucaristía, la iniciación cristiana quedaría incompleta. La Confirmación es el Sacramento "de la madurez cristiana" y por eso es conveniente y necesario que el bautizado haya llegado al uso de la razón. El Nuevo Directorio para la Iniciación Cristiana hace necesaria la Confirmación para ser padrinos de Bautismo y de Confirmación, así como para los novios en el caso de querer contraer matrimonio.

(VER AQUÍ EL NUEVO DIRECTORIO PARA LA INICIACIÓN CRISTIANA)

La Confirmación, dándonos la plenitud del Espíritu Santo, nos hace adultos en la fe y soldados de Cristo para salvar al mundo por medio del Evangelio. Bien preparado, bien vivido, rinde magníficos frutos en cada confirmando, en sus familias y en el sitio donde cada uno se desempeña. Dejemos actuar al Espíritu Santo en nuestras almas, para perfeccionados con sus dones podamos dar un testimonio coherente de Cristo en todo momento y lugar.